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"EMOCIONES DEL GOLEADOR"

EMOCIONES DEL GOLEADOR
Artículo de Jorge Valdano que publicó en su dia el diario Marca

Uno corre desesperado hacia ninguna parte, no tiene prisa, al contrario, quisiera detener el tiempo. Otro se tira al suelo y es aplastado por un grupo de hombres que le gritan y lo asfixian; no sufre, al contrario, es el más feliz de todos ellos. Los dos acaban de meter un gol y sienten una alegria tan perfecta que entra justo en el cuerpo, lo ocupa todo, parece irreal y es, por supuesto, inmerecida. Nadie merece tanto. Los goleadores viven para esa poderosa locura y sin embargo no pueden explicarse, no puede explicarse.
El gol nos regresa instantáneamente a la infancia de modo que no extraña ver a un hombre hecho y derecho subir al alambrado, hacer el avioncito o bailar con el banderín del corner al compás de una música alegre, que les sale del alma y sólo escuchan ellos. A niños colombianos de doce años les preguntaron qué sentían cuando marcaban un gol y la inocencia de sus respuestas la afirmarían cualquier duro ariete en mitad de su festejo.
Escuchen solo dos:
"Yo solo tengo cabeza para pensar en la alegria"
"Cuando yo hago un gol pienso en mi mamá y en el equipo"
Pero no sólo de ternura está hecho el festejo, también los malos sentimientos son convocados en el instante en que se produce el gran estallido emocional. Es el momento de vengarse del mundo y de gritarle "toma!!", método de sodomización colectiva que con frecuencia utilizaba Hugo Sánchez contra miles de aficionados rivales que previamente lo habian insultado sin piedad. Pero hay que verificar.
Cuentan que Rogelio Porrini jugaba en Boca Juniors y en un mal momento futbolístico, sus propios hinchas lo eligieron como víctima de un martirio interminable. Era culpable de jugar: si tocaba porque tocaba, si tiraba porque tiraba, si regateaba porque regateaba y si la perdía porque era la demostración de que todos los insultos anteriores eran justos; pero un día Porrini tuvo la oportunidad de contestar con contundencia a tanta incomprensión. En medio del ensañamiento tuvo la suerte de meter un gran gol y su sistema nervioso se olvidó de los límites. Con esa sensación de poderío incontenible que siente el goleador corrió hacia su propia hinchada, los miró a todos con una fuerza que tenía algo de desesperación y algo de desafío, y les dedicó nueve perfectos cortes de manga. Yo entendí su reacción imparable, pero antes debió verificar. Cuando el goleador creyó recuperada su dignidad se dio la vuelta para dejarse abrazar por sus compañeros que, desde lejos, lo miraban con compasión y sin ninguna alegría. El gol había sido anulado. Hay que verificar.